Me encontraba recién redactando un texto sobre el examen de 3kyuu, cuando al querer comenzar el relato desde un punto de partida sólido me encontré relatando la forma en que conocí esta disciplina que nos compete, y lo desarrollé al punto de que me pareció más saludable el colocarlo aquí como una nota aparte, a fin de no realizar un post de esos que el terminar de leerlos se torna una proeza maratónica. Sin más, el relato.
Aún recuerdo cuando conocí por primera vez la existencia de un dojo de kendo en Rosario, fue en la RA-Fest realizada en la Asociación Japonesa de Rosario el año pasado, de la mano de los muchachos de RosarioKendo Dojo, pero por cuestiones de la vida no comencé a practicar en ese entonces. No fué sino hasta mediados de agosto de dicho año que me enterara de que uno de mis compañeros de primer año de japonés resultaba ser un kendoka, en esas épocas estaba libre de horarios y buscaba una actividad física para comenzar urgente, así que a la noche siguiente me aparecí en el masakatsu agatsu dojo a observar como era la cosa. Grata fué mi sorpresa cuando al llegar me integraron de entrada, realizamos el calentamiento (que, tras no haber realizado actividad física alguna más allá de hacer clicks y tipear durante 5 meses, me resultó algo áspera debo admitir), me facilitaron un shinai y arrancamos con suburi duro y parejo, durante el cual me reiteraron "no hagás todas las repeticiones, mañana no te vas a poder mover", pero uno que es cabezón como todo buen aspirante a kendoka no hizo caso y dió todo lo que tenía para dar, lo cual se sintió obviamente durante no el día, sino toda la semana siguiente.
Pero más allá de las dolencias en músculos que no recordaba tener, la sensación de atracción por el kendo fué instantánea. Aún no se bien que fué, si el kiai comunitario durante los suburis, la sensación de llegar al límite de lo que podía dar mi cuerpo, o el característico aroma de la transpiración de los keikogis, pero definitivamente hay algo que, cuando uno comienza a jugar a que practica kendo, hace que no lo quiera dejar jamás.
Ahora, tras menos de un año de práctica, ya que los últimos 4 meses me los he pasado rehabilitándome de una lesión producto de un defecto congénito en mis articulaciones, y a punto de retomar de nuevo, verdaderamente me alegro de haber encontrado e incorporado esta arte, y planeo continuar en ella cueste lo que cueste.