Al primer momento la imagen que se me vino a la cabeza fue la de un superhéroe, a lo yanqui, un Superman digamos, luchando por mantener oculta su verdadera identidad, salvando al mundo y realizando su trabajo de reportero. Quizás nuestras vidas no sean tan fantásticas, pero de una manera similar todo kendoka -o artista marcial en general, dada la realidad de nuestro país- debe repartir su tiempo drásticamente entre dos vidas separadas.
Todos queremos progresar en nuestro camino, mejorar nuestro estado físico, agilizar nuestra mente, pulir nuestras habilidades, pero es difícil cuando el hacer esto no nos pone pan sobre la mesa y nos demanda tanto o más tiempo como aquellas actividades que sí lo hacen, sin mencionar los estudios y nuestra amada familia.
¿Cómo lograr practicar 2 exhaustivas horas cuando estuvimos todo el día resumiendo libros, cumpliendo fechas límites para un proyecto, lidiando con clientes o simplemente teniendo que haberse hecho cargo de los -arduos- quehaceres del hogar?
Y es por eso que digo que la nuestra es una doble vida. Teniendo que repartir los tiempos, siempre con una meta fija, claro, pero debiendo sacrificar momentaneamente esa que sea nuestra mayor prioridad personal y egocéntrica si se quiere, para suplir los demás aspectos de nuestra vida.
Pero no termina allí, hay un factor que, llevemos la vida que llevemos, está allí. Nos acompaña todo el tiempo, nos hace sentir la fuerza, el calor, el frío y el cansancio: nuestro cuerpo. Así como dedicamos tiempo a realizar todas las actividades necesarias para seguir adelante, no podemos restarle importancia al "mantenimiento" y descanso de nuestro cuerpo, o de lo contrario este no se hará esperar, pasándonos factura en forma de dolores crónicos, lesiones, o incluso enfermedades.